Una
auténtica vida de union a Dios es algo muy distinto a una
existencia exenta de preocupaciones. Lo vemos en el Cenáculo,
donde la accion del Espíritu Santo sobre los apóstoles
inflamó inmediatamente su celo. La vida en unión a Dios
es siempre principio de entrega de apretura a los demás.
Aún cuando no se manifieste por alguna actividad externa,
es una fuente de actividad que a ninguna otra se puede
comparar. Se es apóstol, en primer lugar, con el corazón
y quien se sacia en esta fuente de amor infinito que es
el Corazón de Nuestro Salvador, bebe allí una asombrosa
capacidad de trabajo.
Los grande apóstoles,
los grande misioneros y los verdaderos realizadores, todos
ellos han sido apasionados por el amor de Cristo. Nos admiramos
a veces de los resultados obtenidos con medios pobres y
con salud precaria por un San Agustín, un San Juan Cirsóstomo,
un San Bernardo, una Santa Teresa de Avila, un San Vicente
de Paul, el Padre Kolbe, San Martín de Porres y tantos
otros. A pesar de su trabajo incesante, se mantuvieron
en íntima unión con Dios. Saciaban su alma, más que cualquier
otro, en el agua viva de la contemplación; podrían entregarse
totalmente a los demás, permaneciendo siempre iguales,
por que siempre andaban unidos a Dios. El Rey San Luis
de Francia entraba en las largas horas que permanecía con
el Señor, el secreto y la fuerza para aplicarla con gran
solicitud a los negocios de Estado y al bien de sus súbditos.
Nadie en su época, estaba tan preocupado como él de las necesidades
de su pueblo.
El Papa Pio X da este
consejo a los Obispos: "Para restaurar las cosas de Cristo
por las actividades apostólicas, se necesita la gracia
divina y el apóstol las recibe sólo si está unido a Cristo.
Cuando hayamos formado a Cristo en nosotros, sólo entonces,
podremos darlos facilmente a las familias y a la sociedad"
Tomado del libro: El alma
de todo apostolado- Dom Chautard |